Se termina la conversación en medio de un café de Providencia. Ignacio (29), con su look imponente, que pareciera ser un desorden bastante pensado, se va caminando a almorzar con su abuela y su madre. “Qué caballero su amigo”, escucho, y veo que el señor de atrás, de aproximadamente unos 80 años, me habla a mí. “Se ofreció a pagar la cuenta, a pesar de que estuvieran en una entrevista de trabajo”, dice. Le explico que no era una entrevista de trabajo (¿o sí? Es una entrevista y es trabajo), que era para una revista y que Gutiérrez era mi entrevistado.
Días después, a la hora de hacer sus retratos, unas gemelas idénticas de unos 70 años o más se quedan mirándolo fijamente. Un señor se le acerca a pedir una dirección. Un grupo que toma helado le pide una fotografía. Y así, casi por naturaleza, alrededor de su mundo se forma este realismo mágico que lo sigue a todos lados.
La razón de que Gutiérrez Ohlsson llegara a 20S parte por su documental “Ignacio Gutiérrez”, una recopilación de falsos testimonios en que personas relatan qué ha hecho el individuo por ellos. “Ignacio Gutiérrez le enseñó a hablar a mi lorito Américo”, dice un organillero. “Ignacio Gutiérrez nos presentó cuando éramos jóvenes, ahora llevamos ya 40 años de casados y estamos felices”, dice una pareja de la tercera edad mientras comen un helado. “Ignacio Gutiérrez es el mejor peluquero que tenemos acá en Santiago”, dice una mujer cuya cabeza está cubierta en aluminio a la espera de que la tintura se adhiera a su pelo.
Distinguido por la dualidad de su trabajo, una oda a lo bello y una oda a lo cómico, pareciera ser que su modus operandi se le da casi natural. Según él, sale a la calle en búsqueda de que las cosas pasen y, así, va armando un libreto espontáneo que termina en una historia o en algún trabajo audiovisual.

Risas, chistes, videos, recuerdos y conversaciones. Podríamos decir que todo ello es lo que moviliza al artista, cuyo trabajo es por y para el humor.
Gutiérrez, hombre de familia
Probablemente, ninguna de las personas de su mini-documental “Ignacio Gutiérrez” sabe quién es y en qué ha consistido su vida. No saben de dónde viene, ni quién lo crió, ni por qué es cómo es. No saben quién es la Tita, ni la Vale, ni su mamá. Tampoco saben que nació en el solsticio de verano del 96 y que eso lo llevaría a ser apodado por su madre.
20S: Veintiuno de diciembre, muy buena fecha.
IGNACIO GUTIÉRREZ: Sí, empieza el verano y además es 21-12, que como número me gusta mucho. En cuanto a eso, mi mamá que siempre me ha querido mucho y le caigo muy bien, desde chico me decía el niño sol. No sé si un sobrenombre va a guiarte mucho en la vida, pero creo que era un niño inquieto y feliz.
Es clave entender que su vida no sería igual si no fuese por la presencia de la escritora Valentina Vlanco, autora de “Pieza amoblada” y ganadora del Premio Roberto Bolaño, su hermana, roomate, mejor amiga, confidente, equipo creativo, entre otros oficios y vínculos. “La Vale es mi equipo y está siempre muy presente ahí. Su juicio lo encuentro fundamental e impecable”, explica.

20S: También aparecen mucho tu mamá y tu abuela.
IG: Las considero mis amigas y las adoro. Mi obra es mía, pero también es de mi familia. Siempre van a estar ahí presentes, vamos a almorzar más rato y les voy a contar cómo me fue en la entrevista. Son mi equipo y mis amigas, yo a la Tita [abuela] que tiene 88 años, le cuento todo e, incluso, lo mismo que le cuento a Camilo, mi mejor amigo. Con el mismo detalle. Ese nivel de confidente, porque sé que me va a responder con un comentario que está a la par, de alguien que podría tener mi edad.
Según él, la creación de pequeñas piezas audiovisuales tiene mucho que ver con haber sido criado en parte por su abuela, cuyos paseos desde niño consistían en salir a caminar a la calle mientras Tita conversaba con todas las personas que se le cruzaran. Sin importar si las conocía o no.
20S: ¿Siempre supiste que querías hacer algo relacionado a la foto?
IG: La primera aproximación hacia el mundo de las artes fue decirle a mi abuela, “cuando sea grande quiero ser hombre de teatro” y después eso mutó hacia querer hacer cine y después terminar siendo fotógrafo, pero entré a estudiar periodismo.
Su vínculo con la fotografía tiene que ver en un inicio con el skate. Lo que comenzó como registro de avances y trucos, poco a poco terminó siendo el principal sujeto de interés en su vida y, hoy en día, su profesión.
IG: Entré a periodismo porque tenía el ramo de fotoperiodismo y era algo un poco más convencional que fotografía a secas. El primer año fue bueno, igual entretenido, bien similar al espíritu de lo que hago con la foto y el video, que es interactuar con el mundo. Sin embargo, sentía estas ganas de fotografía pura, muy fuerte. En paralelo, tuve una relación a distancia con una chica italiana. Entonces fue como, ¿qué pasa si me voy a estudiar para allá? Y así fue.

+569 / +39
Así, poco más de un año después, emprendió rumbo a Milán para estudiar fotografía durante tres años. La relación no prosperó, pero Ignacio se quedó en la ciudad de la moda.
20S: ¿Cómo fue partir fuera de tu casa?
IG: Fue súper positivo. Aprendí a cocinar. Creo que más allá de haber estudiado fotografía en Italia, lo más rico es el hecho de haberme ido a una edad en la que, más o menos, te estái definiendo. Tenía 19 en un lugar en el que no me conocía nadie. Es rico porque tienes mucha más libertad para hacer cualquier cosa. Me sentía mucho más cómodo. El mismo hecho de hablar en otro idioma te genera levemente otra personalidad.
20S: Tienes que pensar cada cosa que vas a decir.
IG: Eso era muy frustrante al inicio, porque a mí, sobre todo, me gusta mucho tirar tallas. Creo que lo que más valoro en general es a la gente chistosa y eso aplica también para mí. Por lo que llegar a un lugar en el que no tienes el vocabulario total, donde con cada cosa que quieras decir te demoras 10 segundos en pensarla, ya pasó el momento. Pero ya pasando esa barrera, al final era un lugar en el que pude estar muy cómodo haciendo cualquier cosa y que ahora lo sigo aplicando.
Ignacio almorzaba en videollamada con su familia, mientras conversaban del cotidiano, reían, se quejaban, comían, lloraban y se alegraban, entre muchas otras emociones y gestualidades.
Desde 2017, su primer año en Milán, hasta 2019, que sería el último, recopiló cientos de capturas de pantallas y grabaciones de audio de estas videollamadas. Lo que terminaría siendo su último proyecto universitario, “+569 / +39”.
Por casualidades de la vida, sin intenciones de volver por un período largo, Gutiérrez aterrizó en Santiago y volvió a casa durante el verano de 2020 para visitar a su familia. Contra todo pronóstico, Italia entró a un confinamiento total e Ignacio debió cambiar sus planes: “Pensaba volver a vivir en Milán y al final llegó la pandemia, me quedé acá y fue un alivio. Volví y mi abuelo murió, entonces fue súper positivo estar ahí”.
Microficciones
Si bien se declara a sí mismo como fotógrafo de oficio, podríamos decir que Ignacio es un cuentacuentos de tomo y lomo. En los últimos años, su objetivo se ha convertido en alternar su trabajo en fotografía de moda con sus proyectos audiovisuales, para así salir a caminar en búsqueda de historias, de que algo pase o de que alguien aparezca.
Basta con revisar las historias destacadas de su plataforma de Instagram para entender la capacidad de relato con un corto video. Saludos, gritos de equipo, predicciones católicas, duelo, fiestas de quinceañeras e incluso un asalto a mano armada: pareciera que frente a él y su cámara, cualquier cosa podría suceder. “Generalmente voy por la calle mirando cosas y mirando a las personas tirándome tallas internas”, explica. “El grabarlo o el fotografiarlo es solamente una especie de medio entre lo que voy pensando y lo que voy jugando conmigo mismo mientras camino”.
Lo mismo sucede con su registro en Buenos Aires, en que porteños y porteñas relatan y actúan el gol más lindo que han visto. Por un lado, algunos relatan goles de Messi o Maradona, incluso la famosa “mano de Dios”, mientras que otros cuentan uno realizado por ellos mismos. Gutiérrez no se queda fuera de la narrativa: “La vez que atajé un penal en séptimo básico, último minuto; emoción máxima”.
20S: ¿Qué tan distinto era tu trabajo de lo que es ahora? Y, ¿en qué momento comienzan estos juegos con las personas?
IG: El primer proyecto que yo hice que va en esta línea de mezclar personas en la calle, como crear microficciones en el espacio público, es de cuando tenía como 20 años. Se llama “No soy” y le preguntaba a las personas “¿qué es lo que no eres?” o “¿quién no eres?”. Creo que ese es el camino en que estoy hace harto tiempo y lo que me entretiene más. Lo que va más con mi identidad. Es lo que he hecho y quiero seguir haciendo, mejorando y puliendo.

Au revoir, Ignacio
Luego de más de seis años de su llegada a Chile, que ha dedicado a fotografía y video de moda y editorial, Ignacio parte nuevamente. Esta vez a París.
20S: Considerando la comodidad que te gusta mucho de tu vida aquí, ¿por qué irte?
IG: Porque mis proyectos son en gran parte en base a la ciudad. A Santiago la quiero, mi vida ha sido acá y he sido feliz, pero siento que es una ciudad hecha por ingenieros comerciales: sin cariño.
Si le pregunto por el futuro, pretende seguir gozando de sus proyectos personales y tomar trabajos que le resuenen. Sin embargo, con respecto a lo que han sido sus veintes y esta década, Ignacio Gutierrez pretende mantenerlo: “Gente que quiero mucho, seguir haciendo lo que me gusta y cayéndome bien como me caigo. Lo mismo que tengo, pero más grande”.
Probablemente en Francia habrán proyectos en que aparecerán más gemelas idénticas, más goles inolvidables, más asaltos a mano armada, más historias ficticias y más personajes de su realismo mágico. Qué risa y qué gusto Ignacio Gutiérrez, y su manera de construir desde el humor.

